martes, abril 11, 2006

Tía buena

LA GÜERA
¡Adiós güerita!
Gritaban a mi tía los pelados. Ella movía las caderas para allá y para acá. Tenía grande el culo, (perdón, no es de buena educación decir culo en mi país) y lo sabía menear para gusto y regocijo de algunos hombres del pueblo donde ella moraba y había nacido y donde seguramente terminaría siendo vieja, y al final de su vida, allí los gusanos le devorarían hasta la sombra que un cura habría bendecido. Yo iba encantada con ella a por el pan o las tortillas y me aprendía todititos los gritos que soltaban las calenturientas gargantas masculinas.
¡Guapa!
Ceñido a su cuerpo, marcando curvas blandas que nunca conocieron gimnasios ni participaron en ejercicios aeróbicos que las endurecieran, un vestido floreado de brazos descubiertos, con escote en pico, permitía esconder un canal entre elevadas montañas que formaban un busto puntiagudo y acompasando a las caderas iban de oriente a occidente y de norte a sur. Como agitando bien el envase de la leche matinal. Mi tía, ajena a tanto escrutinio corporal sacudía su melena rubia, y mostraba al aire una blanca dentadura, ostentando entre sus labios una sonrisa maliciosa y una desfachatez atrevida que nadie le conocía en casa. Y, simulando no enterarse de las audaces palabras que le aventaban lujuriosos personajes, aumentaba el meneo rítmico de su cuerpo. Balanceando mi inocente mano que se asía a la suya con mis cinco deditos bien prensados, me hacía partícipe de tanto movimiento erótico que emanaba de su anatomía.
¡Mamacita!
Las piernas, como pilares audaces, ni largas, ni cortas, comenzaban incitantes en un triángulo que se le formaba en el bajo vientre, saliendo belicosas hasta el suelo, moviéndose, redondas, terminando en unos pequeños pies agitadores, de largos dedos acusantes que asomaban coronados y saludables entre los huaraches de piel de buey.
¿A dónde vas?, te acompaño.
Mi tía comulgaba a diario cubriendo su cabeza con un velo dorado de encajes con formas de flores transparentes. Una exquisitez de diseño monjil que purificaba sus facciones que, asomando discretas e inocentes aparecían impresionadas por el sagrado e inmenso recinto. Sólo delataba rebeldía en su figura la picaresca nariz que apuntaba al cielo, aun cuando había que inclinar la cabeza y agachar la mirada para descubrir manchas en el suelo, o sentir pena por Jesús crucificado.
A veces, hincada parecía una estatua.
De sus pequeñas orejas blancas colgaban aretes quintados, con piedras verdes, azules o rojas, según el color del vestido y el sentimiento de su alma. Le conocí unos pendientes negros que le endurecían el rostro y no le permitieron hablar en un invierno de luto paterno, y que le abrieron un torrente de agua salada a los ojos que ya mostraban ríos de venas contenidas. Oscura, con seriedad en su interior, la Güera también era elegante, fría, distante.
Y hermosa.
Su vientre era una protuberancia redonda y sensual partida en dos, justo donde el ombligo mostraba su hueco soplando las margaritas que decoraban el vestido. Cuando mi tía, riéndose con furia, descargaba su alegría en carcajadas, yo miraba el acompañamiento que su estómago tenía con la hilaridad y entonces yo reía y reía y no podía parar de reír. Y miraba su barriga gelatinosa y volvía a reír.
Era tan feliz...
Y era su espalda su fortaleza. Era allí donde sostenía el mundo que iba pisando. Si estaba recta, bien erecta y empinada, ya sabía yo que el paseo iba a ser grosero y brutal, que provocaría insultos galantes de rufianes vulgares de manos toscas, barbas descuidadas y suciedad en los dientes. De machos deliciosos que miraban lujuriantes los encantos que la atrevida de la Güera les paseaba. El culo balanceante, las montañas agitadas, el vientre gelatinoso, los dedos acusantes, la risa, la inocencia provocativa de la tía virgen, inmaculada.
Santa.
Yo de grande quería ser como mi tía... Por eso cuando tuve la edad en que me sentí mayor, me compré un vestido floreado sin mangas, me introduje en él y comprobando que me ceñía la cintura y realzaba los pechos, me lancé a la calle. Me balanceé. Moví toda mi anatomía, enseñé los dientes... y nada. Pero nada.
Respeto.
Ningún piropo. Ninguna estupidez. La rabia, primero; y la cordura, después, paralizaron mis meneos y las flores coloreadas de mi vestido que ondeantes y alegres se agitaban revolucionarias entre los musculosos campos verdes, cesaron su inocente baile.
Al regresar a casa, entre hipos de coraje, me cambié de ropa y me olvidé de querer ser como la Güera.
Coro

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