Horacio Ladrón de Guevara, un buen amigo, dramaturgo, actor, argentino y más cualidades (virtudes y defectos)… me decía, en los inviernos de Barcelona, cada vez que me enfermaba de la garganta, que la causa de mi mal era algo no dicho, algo que se me había atorado en el cogote, que las palabras estaban allí y me hacían daño, y que por eso la garganta, esta pobre garganta mía, protestaba. Que por eso me enfermaba…
“Decílo, Coro, decí lo que no has dicho” me decía.
Y yo, después de doce años de psicoanálisis un día a la semana tirada en el diván diciendo, hablando, narrando, contando, fantaseando… pensaba que Horacio no tenía razón, que ya lo había dicho todo y que no me quedaba con nada obstruyendo allí en mi pescuezo…
“No, no hay nada más” le contestaba, “estoy así por el frío; o es que anoche me fui de fiesta… y cómo bailé y canté.”
Hoy aquí, enferma de faringitis. Podría decir que es porque entré la semana pasada a dar clases en una escuela, y hablo demasiado, expongo las lecciones, llamo la atención de los chavales, a veces (la mayoría de) grito, alzo la voz.
“¡A callar!” “¡Silencio!” “¡Por favor!” “¡El que sigue!”
Repito, repito, repito y, después de tres horas seguidas de clases y blablablá, ando ronca por el mundo.
¿Será esto lo que tiene mi garganta dolorida?
O ¿es que Horacio tenía razón?
En eso he estado estos días… La impotencia de no poder expresarme ante la injusticia y la sinrazón, ante el despliegue de poderío... se me instala en la gola. Mi pobre gola.
Y estoy con fiebre y sin poder decir ni pío.
Coro 2006