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martes, noviembre 07, 2006

Tum tam clanc clinc tum tam


Era un cucharón parecido a estos de la foto el que me sirvió para darle tundas a mis ollas...

¡Ay!, entre más fuerte era el golpe, sentía que mi reclamo iba más alto...

Caminaba por las calles de mi barrio pegando a la cacerola. Tum, tam, clanc, clinc, tum, tam... La gente desde los balcones me acompañaba.
Al llegar a la plaza me encontraba con orquestas de instrumentos: ollas, sartenes, paellas, cacerolas, bandejas... que eran tocados con tenedores, cuchillos, cucharas, cucharones.
Los medios presentes, informaban. Luces, entrevistas, bailes, reclamos... y a darle con ritmo: Tum, tam, clanc, clinc, tum, tam...

Mis pobres ollas acabaron deformadas por los golpetazos.
Sucedió allá, en ese otro sitio donde llueve y en otoño se caen las hojas.

domingo, noviembre 05, 2006

Lluvia





Detrás de los cristales llueve y llueve...
Joan Manuel Serrat



Cómo quisiera contar que recordé la lluvia vista a través de los cristales de otra casa y el frío de otro tiempo.
Mientras afuera llueve y llueve.
Y no para de llover.

viernes, octubre 20, 2006

¿Dónde estabas?


¡Hola! ¿Dónde estabas? Yo...
sobreviví a Wilma... en lugar seco y cálido, bueno, algo fresquito y con las paredes cimbrándose a causa del condenado viento que hizo. Eran unas rachas encorajinadas de como más de trescientos kms. por hora. Recuerdo tu coraje, tu rabia... aquella noche.
Y las ventanas: dos de ellas con maderas bien puestas y, otras dos solamente con cintas adhesivas, eso sí, tapizadas haciendo cruces, gatos, y formas abstractas. No te vi en el reflejo del cristal. Yo nomás veía cómo se pandeaban en cada racha huracanada, parecía que fueran a explotar de un momento a otro. Y tu imagen cortada en millones de pedazos. ¿Por qué no estabas aquí conmigo? Y me salían todas las expresiones, las de aquí, las de allá y las de más acá: "¡Ostras!, ¡Ay güey! ¡Coñ...!" y otras que no puedo repetir...
El agua que se coló por los rincones, rendijas y por debajo de las puertas hizo que en "el ojo" conociera a todos los vecinos del edificio. Aprovechamos para barrer y quitar los encharcamientos ayudándonos unos a otros. Me encantaron. Y tú no estabas. Había un arquitecto que hablaba de hacer negocios con materiales para la construcción, que eso iba a ser producto de primerísima necesidad para el arreglo de edificios, casas, e inmuebles en general. La esposa del arqui, una chica muy maja... terminamos, días después del fenómeno, yendo al supermercado y pasándonos recetas de cocina. Los vecinos de puerta, una profesora que ya me pidió mi curriculum porque me quiere "fichar" para su colegio. Su marido un constructor que tal vez nos alquile una bodega que conseguimos por medio de otro vecino... unas gringas que viven en el piso de arriba... un matrimonio de chilenos que nos invitó un vino delicioso y nosotros le invitamos un tequilita. Una abuela jovencísima y super maquillada, me cae que parecía modelo, en la puerta de al lado... y así el vecindario dejó de estar en el anonimato y todos pasamos a ser buenos amigos. Y, claro que después de estar encerrados cuatro días que duró "Wilma" todos estábamos deseosos de hablar con seres diferentes a los que teníamos dentro de casa. ¿Con quién estuviste hablando en esos días?
La preocupación de los días posteriores era: el trabajo. ¿Cuándo nos despedimos? ¿Estarás trabajando en este momento? No ser despedidos. O, al menos que nuestro sueldo no se viera muy afectado. Sí, porque los empresarios cancunenses, siguiendo el ejemplo que ya hizo, el dueño de X (un complejo turístico millonario), en otra catástrofe como fue el atentado de la Torres Gemelas, argumentando que los gringos no iban a viajar en avión y que no iba a haber turismo en la región: redujo el sueldo en un 50%, pues es lo que están tratando de hacer los dueños de empresas, hoteles, restaurantes y negocios turísticos en Cancún y la Riviera Maya. "Gracias, señor X por haber dado tan brillante idea a sus compañeros"... y "Trabajadores, no os quejéis que seguiréis laborando... ¡eso sí, con el mismo horario!, sólo faltaría...".
Bueno, en el colegio donde doy clases, solamente me pagaron el 50% del salario, dicen que me ingresarán el otro 50% en unos días... espero que sea cierto. Entonces seré de las privilegiadas o de las menos afectadas... Me afecta tu ausencia.
Sí, hubo pillaje, robos, violaciones... personas que perdieron todo lo que tenían dentro de sus casas... hubo tragedias... Ahora hay desolación, tristeza, angustia de qué pasará con los empleos... El ejército, la policía, guardias de seguridad patrullan Cancún... días de toque de queda... Estaba segura a tu lado... hablando, hablando, hablando... escuchando.
Las tiendas abrieron sus puertas. Tu figura delgada. Aquella camisa azul...
No hay desabasto de alimentos... los grandes almacenes están surtiendo y vendiendo más que antes. Muchos trabajadores de la compañía de electricidad arreglan los postes que se cayeron. Ya tenemos luz y agua... Las cosas se han ido normalizando. A una semana del huracán, ya están las plazas arregladitas, las calles limpias, las aceras sin yerbas, los árboles cortados... y el paisaje exuberante y verde es ahora invernal, sin hojas ni color. Te recuerdo en aquella plaza. Era enero. Tus manos frías... tu sonrisa... tus gafas.
Ya me incorporé al trabajo. Mis alumnos, los profesores, las misses y todo el personal están bien. La gente que miro por las calles tiene en sus rostros una expresión de madurez y sufrimiento que no tenía antes... ¿Sufres? Me miro en el espejo y soy la misma... ¿Me extrañas? pero con mil vientos encima. ¿Dónde estás? ¿Dónde...?
Coro
1 de noviembre de 2005. Cancún, Quintana Roo.

jueves, septiembre 14, 2006

El implacable





Cancún, Quintana Roo
Gilberto, 13 de septiembre de 1988,
hoy hace 18 años.
Yo tenía...


"El tiempo...
el implacable,
el que pasó..."

Pablo Milanés

viernes, septiembre 08, 2006

No me avergüenza confesarlo



Aprendí a leer
con “Lágrimas y risas” y con “Memín Pinguín.
Apenas cuatro años de edad y los comics semanales de Yolanda Vargas Dulché ya estaban en mis manos… mi frustración por no saber qué hablaban los personajes ilustrados por Guillermo de la Parra (marido de Yolanda), me hizo aprender primero las vocales y después, de inmediato, todo el abecedario.
Fantasear los diálogos no era suficiente, me interesaba qué decían en realidad los monigotes. Allí estaban escritas unas letras, dibujados unos globos marcados con flechas y otros, con unos circulitos… unos recuadros. ¡Y mucha acción!

Cada domingo me levantaba de la cama antes de las siete. Motivo: el voceador anunciando a gritos por las calles de mi pueblo “¡Memiiiiiín!” “¡Lágrimas y risaaaaas!”. Nomás los escuchaba y abría las puertas de mi casa, salía disparada, corría detrás de las voces y también chillaba: ¡Memiiiiiiiiiiiiiín! ¡Aquiiiiií! Lagrimaaaaaaás! ¡Acaaaaaá!
Eran de “continuación” y siempre me interesaba saber qué pasaría… a veces, imaginaba durante la semana entera cómo iba a seguir la historia.

Me gustaba leer: “Archi”; “Susi. Secretos del corazón”; las revistas de Walt Disney, donde aparecían el Pato Donald, Tribilín, Mickey Mouse, Mimí, los chicos malos, los sobrinos, el tío rico, Daisy, Ciro Peraloca; “Sal y Pimienta”; “El hombre araña”; “Supermán”; “Batmán”; “Fantomas, la amenaza elegante”; “Los agachados”; “Hermelinda linda”; y otros que se me escapan, seguro… Todo eso formaba parte importante de mi vida.

Papá, al ver mi afición por la lectura me obsequiaba libros “aptos para menores”. Los leía con agrado. Pero no… mi interés primordial seguía siendo el cómic (la cabra que tira al monte).
Y cuando mi progenitor, cada noche después de cenar, se dirigía en el coche (yo también me acomodaba en los mullidos asientos del enorme automóvil) a comprar los diarios al kiosco; regresaba él, con la pila de periódicos; y yo, contenta con tres o cuatro de mis favoritos ejemplares.
Mi padre compraba, además de los cuentos que yo elegía; revistas de biografías de personalidades; otras, que narraban mitos y leyendas; los clásicos ilustrados; también, de divulgación científica… como si toda esta literatura popular fuera de su agrado. Tenían impresos dibujos lindos, portadas con bellos colores…
“Gracias, Pá…”

Luego yo, a escondidas de él, comencé a leer: “El libro semanal”, y otras novelas de amor y fotonovelas que, seguro no las hubiera aprobado.
Cerca de casa había un tendajito que, cuando se me había escapado el voceador -porque andaba de viaje, me había quedado dormida, o cualquier otro motivo poderoso por el que no había podido comprar mis revistas semanales puntualmente- las alquilaba. Y arrugadas y manoseadas por quién sabe quién, las disfrutaba y leía con tanto ahínco, creo, aún más del regular…

Actualmente me intereso por la lectura en Internet: periódicos, cuentos, diarios y, especialmente blogs.
¿Será una prolongación de mi gusto por los comics de mi niñez?
No me avergüenza confesarlo.

Continuará…

jueves, julio 27, 2006

En Barcelona...

Enamorada de una calle donde viví en Barcelona, escribí este texto.
Y además, por que tenía que llevar alguna redacción a mi reunión del "Lupanar"...

MI CALLE
He vivido en muchas calles. La primera de ellas, en Reynosa Tamaulipas, la de la casa de mi infancia. Calle, que primero fue una carretera nacional y que luego ampliaron dando como resultado: un bulevar. Quedaba bien mamá cuando la pronunciaba ante sus amistades que no tenían el privilegio de morar en tan afrancesada avenida. Yo miraba cómo le veían sus amigas a ella la boca cuando pronunciaba booulevaardt y le ponía como una t al final, para hacerla más extranjera y rimpimpín. Mi padre, en cambio, la llamaba a veces alameda o avenida, yo creo que recordando sus tiempos de estudiante en la Ciudad de México, cuando iba a distraerse y a pasar el rato bajo los árboles en la Alameda. Yo, la verdad estaba un poco confusa y no tenía ni idea de cómo llamarle a mi calle infantil. Estaba entre: booulevaardt, (mi madre); boulevard, (que es como correctamente se escribe en francés); o bulevar, (palabra aceptada por la Real Academia de la Lengua Española); o en alameda o avenida, (tal como solía llamarle mi padre). La verdad es que era complicado, mis amigas vivían en sitios más sencillos como: calle Peral, calle Hugo González, calle Hidalgo, calle Rosas, etcétera. Y, ¿tú dónde vives?, me preguntaban. Yo, er, este... en booulevaardt Morelos, les contestaba.

Mi siguiente calle cuando me fui a Ciudad Victoria a estudiar el primer año de bachilleres, fue más sencilla: 7 y 8 Juárez. Allí viví con mi abuela y con mi tía Gloria un año. Ellas eran tan simples como los números de su calle. Hasta parece mentira que fueran mamá y hermana de mi tan refinada madre. Y cuando me preguntaba alguien: Y, ¿tú dónde vives? En Juárez 7 y 8. ¡Uf!, qué alivio sentía al responder. Y a veces hacía combinaciones: Juárez 7 y 8, 7 y 8 Juárez, entre el 7 y el 8 de Juárez, en Juárez entre el 7 y el 8. El caso era que debía de complicarlo un poco. Y a veces, sin querer me salía de muy dentro y agregaba a la pregunta de: ¿tú dónde vives? Yo vivo en Juárez 7 y 8 pero, mis padres en booulevaardt, etc... no lo podía evitar.

Las siguientes calles donde moré casi todas tenían nombres de ríos. Era en mi época de estudiante universitaria en Monterrey, Nuevo León, y vivía en la colonia del Valle: Missouri, Mississippi, Suchiate, Colorado... Había dejado atrás los sietes y los ochos de Juárez y el booulevaardt, pero de vez en cuando me daban unas ganas locas de mencionarlo. Sólo que allí, en Monterrey, parecía que nadie estaba interesado en saber la dirección de tu casa paterna. Entonces las confusiones de identidad se me fueron amuermando en la memoria. Y surgieron las inevitables: ¿De dónde soy? ¿Adónde voy? ¿De dónde vengo? Y a veces hasta: ¿Quién chingados soy?

En Cancún viví en algunas calles que se inundaban cuando llovía y que tenían nombres de peces: Robalo, Pargo, Mero, Esmedregal, Lenguado. O tenían nombres mayas como: Kukulkan, Tulum, Xel-Ha. Y allí, otra vez, se me removieron y salieron a flote los complejos infantiles. Claro, porque el pueblo estaba dividido en supermanzanas, manzanas, lotes y luego calle y su respectiva numeración... O sea, que esta vez había que complicarlo aprendiéndote un chorrotal de palabras y dígitos para explicar el sitio donde te ponías a guardar. Yo viví, por ejemplo, en la supermanzana 25, manzana 4, lote 3, calle Sunyaxchén 12, departamento 6, A. Y no quiero mencionar cuando viví en las calles: Hopelchén, Xcaret, Chichén Itzá o Yaxchilán. Por supuesto que tardé varias horas repitiéndolas y machacándolas en la memoria para poder aprenderlas y pronunciarlas correctamente. Y luego me volví una experta en nombres mayas que hasta el saludo me sabía, era algo así como: Maas kahua lich.

En los años que viví en el De efe, en esa monstruosa metrópoli, estuve durmiendo en un par de calles: Nicolás San Juan era una y San Francisco, la otra. Hasta parece que escogí para recluirme entre veinticinco millones de habitantes, sitios religiosos. Pero no, pura casualidad la de que yo viviera allí entre santos y nada más. Ni católica, ni atea, ni nada, sino todo lo contrario.

Y entonces me vine a España. Viví en El Masnou, en la calle Lluís Millet. Y aquí volvemos a complicarlo. Tenía que aprenderme los nombres de las calles en catalán. Carrer Baixada de San Pere (Calle Bajada de San Pedro), Mare de Déu del Carme (Virgen del Carmen), Llevant (Levante u Oriente), etcétera. ¡Uta madre! Comencé a tartamudear. Ya no sabía si hablar en mi idioma (el español de México), o en castellano (de Catalunya), o tratar de aprender y que me fueran saliendo a borbotones palabras en catalán mal dichas y mezcladas con italiano, inglés y castellano, todo formando una ensalada fonética que podía ser divertida, aunque también algo vergonzosa para una persona tímida como yo.

Ahora vivo en Barcelona en la calle Avinyó. O es acaso ¿Aviñón? Quizás sea Aviñó. En fin, es mi calle. Mi presente: Picasso, las Señoritas de Aviñón; el restaurante pakistaní que tengo al frente; la escuela de las Artes y Oficios, en diagonal; los borrachos que gritan por las noches; los pleitos en las esquinas; los robos; mis amigos que vienen a cenar; los bares, el Ascensor, la Verónica, el Agüelo; la diversidad de gente, de idiomas. Dormirme a las cuatro de la mañana; las fiestas, sí porque es verano, siempre hay pretextos. ¿Barrio Antiguo? ¿Barrio Gótico? ¿Ciutat Vella? Los olores (sin palabras)... los colores, los jonkies, pocos coches. Qué bonito, qué viejo, qué sobrio, qué sencillo. Los callejones enredados, góticos, es más correcto.
Mi Booulevaardt, mi Alameda, mi Avenida, mi Supermanzana, mi Carrer, mi Calle. ¿Aviñón? ¿Avinyò? ¿Aviñó? ¿Avignon? ¿Aviño?
¿Me aclararé?

2000 Coro

viernes, julio 21, 2006

ASÍ FUE

Llegó. Su boca en la mía. Por fin. Me ardía la cara. El corazón me dejó de latir. El páncreas se expandió, el hígado mejoró, la garganta musitaba, los ojos se cerraron, mis manos sudaban, el estómago funcionaba. Mariposas en mi vientre extendieron sus alas y revoloteando jugaron en mi espalda: Era un beso.