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lunes, octubre 01, 2007

Escritor@s

"Un poema nunca está acabado,
solamente abandonado".
Paul Valéry, poeta y escritor francés.

"El escritor es la chica del bar y el amante de la chica del bar, el gángster y el policía, el homosexual y el fascista, el marxista y el heterosexual, la víctima y el asesino.
El asesino de mi novela es el escritor. Es decir, yo. Y si no soy detenido en las horas que siguen a esta revelación es que ya no puedes fiarte ni de la literatura".
Manuel Vázquez Montalbán, escritor y periodista español.

"Hay dos clases de escritores geniales: los que piensan y los que hacen pensar".
Joseph Roux, moralista y literato francés.

"Pueden impedirte ser un autor publicado, pero nadie puede impedirte ser un escritor, o incluso ser mejor escritor cada día. Todo lo que tienes que hacer para ser un escritor es ¡escribir!".
Khaterine Neville, escritora estadounidense.

"Aunque soy hombre de letras, no debéis suponer que no he intentado ganarme la vida honradamente".
George Bernard Shaw, dramaturgo irlandés.

"Y… si he escrito esta carta tan larga, ha sido porque no he tenido tiempo de hacerla más corta".
Blas Pascal, científico, filósofo y escritor francés.

sábado, septiembre 29, 2007

Voló

Una noche que lo dejé libre para que volara en la sala… fue al segundo nivel de la casa.
Llegó a la terraza que estaba abierta. Allí se detuvo unos minutos…

Me miraba. Después miraba al cielo.
Parecía que pensara.
Volvió a mirarme un par de veces, y al cielo igualmente…

No hizo caso de mis súplicas:
“¡Regresa, Nanu! ¡No te vayas Pajarito, te rascaré los piojitos más seguido!¡Ven y dame la pata! ¡Te dejaré libre más tiempo por casa!
¡Quédate! ¡Te prometo que!…”

Fue inútil. Canté todas las canciones, bailé, hice de todo lo que suponía a él le gustaba… le enseñé el espejito, le soné los cascabeles, le silbé las mentadas, le recordé momentos agradables… pero él ya estaba decidido.

Nunca lo había visto tan grande y tan hermoso como lo vi esa noche en que se fue.

Extendió sus alas y al momento que comenzaba su vuelo, gritó mi nombre.
¡Juaaanaaaaaaa!
Miré cómo se iba.

Al poco tiempo yo también me fui.
Y la ventana de los geranios se cerró.

Colorín colorado, este cuento se ha terminado.

martes, septiembre 25, 2007

Colomitos inolvidables

Nanu me observaba atento. Callado. Mirando. Conociéndome. Desde su lugar, allí, un poco más alto que yo.
Me arrancaba contándole "Esta mañana me pasó… y luego vinieron y fuimos a comer y seguían en… y no me gustó la del… y entonces él me…" Podía decirle todo, absolutamente todo lo que me viniera en gana. Le confesé mis fantasías, mis deseos… él sabía toditos mis secretos.
¡Ay!, qué no le dije al Nanu…

A veces cuando regresaba de la calle contenta por algo, el Nanu nomás verme llegar, intuía que iba a haber cantos y bailes y Nat King Cole a todo volumen "Chiquita, que lindo tu cuerpecito… ay merecumbé pa’ bailaaaa". Ya sabía que "Guadalajaaaaarra… son colomitos inolvidables…" estaría presente. Y carcajadas y Nanu sería recompensado: podría volar más rato del acostumbrado y comería cacahuates de premio.

Las ganas que tenía de darle besos y abrazos y que me hiciera carantoñas él a mí. Confiaba en que llegaría el día en que iba a poder acariciarlo a mis anchas. Extenderle sus alas, hacerle cosquillas… Requería de más entrenamiento, paciencia y tiempo. Pero iba por buen camino, ya podía rascarle la barriguita, espulgarle el piojito y el típico "dame la pata" que aprendió a pedirme.
Y habían pasado algunos años…

Hubo días tristes también… días en que el llanto estuvo presente. En cuanto Nanu me escuchaba recitar “La Elegía” de Miguel Hernández, la seriedad invadía el despacho. Chillaba yo y berreaba el loro. Y no estábamos para nadie. Cerrábamos la ventana de los geranios y nos desahogábamos en lamentos. A veces entre mis lágrimas creí ver que él también lloraba. Era solidario, en las buenas y en las malas. ¡Ay!...

La señora Rathma (empleada del hogar) y el loro se tenían respeto, sin embargo él la vacilaba imitando el sonido del teléfono: "¡Riiiiiing, riiiiiiing, riiiiiing!", Rathma corría a contestar y Nanu se le adelantaba "Diga", decía con mi voz…
Un día Rathma hizo expresiones de júbilo moviendo rápidamente su lengua, sonidos que le encantaron a Nanu y se emocionó tanto que daba vueltas en su jaula silbando alborotado, yo pensé que quería aprenderlos, pero la señora no los repitió.

La vecina lo cuidaba cuando me iba de viaje. A mi regreso le daba sus regalos: “Mira Nanu, un espejito, mira, una barra de cereal, un cascabel”… pero él estaba enojado conmigo porque lo había abandonado. Me ignoraba por un tiempo, me hacía la “ley del hielo” y nomás veía a mi vecina asomar por la ventana se desvivía en fiestas para ella, hasta que por fin un día Nanu me perdonaba… y volvía todo a la normalidad.

Y yo siempre al pendiente limpiando la jaula; y poniéndole la comida; y desinfectando; y cuidándolo del frío y del calor; lo protegía en las noches de fiesta, en la época de petardos y cohetes, y cuando había tormentas con truenos y relámpagos; y que nadie le fuera a tirar algo por la ventana; y los escapes de los coches que no despidieran gases contaminantes; y otra vez la limpiada de la jaula, cada día, por las mañanas y por las noches… y era el cuento de nunca acabar… y hablando con él y cantando y riendo y llorando.
¡Ay!, mi querido
Nanu.

Pero llegó un día en que...
Continuará.

viernes, septiembre 21, 2007

Dame la pata

¿Quién era esclav@ de quién?...

Cada día por la mañana:
Me despertaba escuchando la voz de mi compañero que me llamaba meloso y también a gritos. Sin embargo estaba sola… Se mezclaban mis cantos con silbidos y carcajadas y al rato, ruidos en los que nunca (antes de que Nanu llegara) había reparado.
Los techos altos de la casa creaban una acústica distribuyendo y elevando la voz de mi loro que se disparaba sonora por todas partes.

Me desperezaba, bajaba de dos en dos las escaleras y me iba directo al despacho, donde me pasaba horas escribiendo, escuchando música y leyendo. Un ventanal daba a la calle. Y allí, junto a la ventana y macetas con geranios, estaba él: Nanu.

Comía, bailaba, cantaba, hacía ruidos espectaculares… pero no eran gritos repetitivos de loro molesto. Eran imitaciones exactas de nuestras voces y sonidos.
Nomás me veía aparecer y ponía en marcha su repertorio con más ahínco: “Hola Nanuuu. ¿Cómo está mi pajarito? Nanu, dame la pata. Piojito piojito ahhh qué rico. Bon día Nanu. Nanu, ¿te rasco la barriguita? Hola Nanuuuu. Viva México ca… Hola, Nanu. Vizca Catalunya. Hola Nanu. Al vent, de cara al vent” y… después comenzaba a cantar Y si Adelita se fuera con otro... y Guadalajarrrra Guadalajaaraaa y terminaba silbando la mentada… (no sé quién le enseñó a silbar así, seguro alguien que pasaba por la calle, jajaja). Y claro, era un loro bilingüe, també parlaba catalá… ;)

Yo limpiaba y desinfectaba la jaula. Disponía de tiempo para entrenarlo, le permitía andar libre por la casa, que volara un rato, y después lo metía de nuevo usando un periódico para empujarlo suave marcándole el camino. Se requiere de mucha paciencia.
“Paradentroparadentroparadentromuybienyaestá”.
Aprendió a entrar y salir.
Y ya habían pasado tres horas de la mañana… Y cinco meses. Y todos los días era igual… Si por las mañanas me largaba a navegar con mi marido, regresaba corriendo y sintiéndome culpable a “cumplir” las obligaciones con mi loro.

Como a las once se aparecía la vecina en la ventana. Yo interrumpía mi escritura y platicaba con ella. Y Nanu allí, contento, con dos mujeres, se paseaba orondo por la jaula. Se dejaba tocar por las dos. Y pasaban caminantes que se detenían a saludar a Nanu…
Yo miraba cómo el cachete izquierdo de mi vecina se ponía rojo por el sol que le daba de lado. El sol mediterráneo calaba fuerte, dos calles más abajo, estaba el mar…

Al caer la noche:
La jaula de Nanu tenía ruedas
. Lo llevaba a la sala y allí le abría las puertas para que volara un rato y paseara a su antojo. Le daba sus vitaminas y su cena: frutas, verduras, pipas, cacahuates y agua. Luego limpiaba la jaula otra vez.
Nanu
era un loro sano, sus plumas estaban brillantes y él se veía fuertote.
Yo era la que iba perdiendo fuerzas por tanto trabajo, jajaja.
Además, Nanu tenía el trauma de la captura por eso me picaba a veces.
Pensé en llevarlo a mi analista… a que se normalizara y por una buena vez ¡carajo!, dejara de picotearme.

Para qué negarlo, hubo días que me preguntaba: ¿Cuántos años viven los loros? ¿Será siempre igual, yo limpiando, viviendo para él? ¿Contrataré una nana para que haga estos trabajos? ¡No!, me respondía, porque entonces ya no sería mi Nanu y yo lo quería.

PD. Olvidé decir que cantaba “La Adelita” y “Guadalajarrraaaa, Guadaaalajaaaarraa” igualito que Nat King Cole.
Y su favorita para bailar era "Chiquita, que lindo tu cuerpecito, bailando este meneíto..."

Continuará…

lunes, septiembre 17, 2007

Hola, Nanu

Ya había oscurecido cuando fuimos a por el Nanu. Estaba helando y el frío era espantoso. Lo sentía terrible debajo de la ropa, y eso que me abrigué suficiente.

Compramos el loro en una tienda de las Ramblas. Nos dijo el empleado que no tendría más de un año. Era un Yaco africano gris con la cola roja.
Temblaba asustado y gritaba fuerte
. El dependiente lo agarró con unos guantes y lo metió en una jaula forrada con papel. El animal, cuando ya no pudo ver nada, dejó de gritar.
Pobrecillo, pensé, debe tener frío. Él, que viene de África, del calor…

Encendimos la calefacción de la casa. Quería que se sintiera cómodo en su nuevo hogar… y seguro él estaría pensando en qué le iban a hacer esos verdugos que lo tenían allí y lo miraban de ese modo.

Tenía ganas de abrazarlo y de quitarle el frío que yo sentía y calmarle el susto. Quería que comiera y bebiera y que comenzara a repetir mis frases y mis canciones. Y que me diera la pata y hacerle el piojito rascándole la cabeza… y su barriguita.

Nos miraba temeroso. Le platiqué para que fuera reconociendo mi voz, para que me imitara. Pero el animal se pescaba con una pata del palo donde estaba y con la otra de las rejas de la jaula, como si de esa forma fuera en cualquier momento a echar a volar para protegerse de nosotros, sus enemigos actuales. De su garganta salían molestos sonidos muy fuertes si me acercaba.
Así que me aguanté las ganas de abrazarlo, sólo traté inútilmente de desearle buenas noches y decirle hasta mañana.

-Hola, Nanu.
Nanu quiere decir “niño” en catalán.
Y no fue mi voz la que dejó salir primero el Yaco. No. Fue la voz de mi pareja. La escuché y pensé que había vuelto temprano de su trabajo.
-Hola, Nanu –repitió.

Me fui rápidamente al teléfono.
-¡Escucha!
–dije a mi esposo poniendo el aparato cerca de la jaula.
-…
Nada.
-¡Ey! ¡Habla! ¡Di lo que dijiste!
–le decía al loro y…
-…
Silencio. Nomás me miraba. Colgué el teléfono sin que mi compañero supiera qué dijo el animal. Yo quería que fuera una sorpresa para él.

Pero tras cerrar la comunicación telefónica, otra vez:
-Hola, Nanu
–dijo.
-Jajaja, me estás vacilando, condenado Nanu.
-Jajaja. Hola, Nanu
–repitió mezclando mis carcajadas con la voz de mi marido.

Y así fue como lo llamamos: Nanu.
Estábamos a finales de la primavera.

Ya se había ido el frío…

lunes, noviembre 20, 2006

Mis abuelas


"Mi abuela paterna se llamaba Adela y era mejor conocida como La Adelita.
Mi abuela materna se llamaba Juana María y todos le decían Juana Gallo.

La Adela tenía un enamorado, era un Sargento de la Revolución que soñaba en casarse con ella y llevarla a bailar al Cuartel, donde cada sábado por la noche organizaban festejos.

Juana María tenía a sus padres, eran unos ricos hacendados que la querían mucho y le habían dado una educación que no iba de acuerdo con la época machista en que vivían. Juana María era doctora en Medicina.

Adela sorprendió al Coronel, cuando en una batalla despachó a quince federales, y salvó la vida del militar. El Coronel la respetaba pero también la enamoraba.

Una noche llegaron los federales a la hacienda y mataron a todos. Juana María se salvó porque esa noche, montada en su caballo, había ido a curar a un enfermo del pueblo vecino.

El Sargento, que idolatraba a la Adela, comenzó a tener celos y se oía por todas partes que le decía: Adelita, si te fueras con otro, te seguiría por tierra y por mar.

Quemaron la hacienda, robaron todas las cosas y Juana María pudo verles. Supo quién fue el desgraciado federal que mató a sus padres y, desde el gallinero donde se escondía, juró vengarse y llorando, abrazó a su caballo para que no relinchara y la fuera a delatar. Amanecía y cantó un gallo.

La Adelita, que además de ser valiente era bonita, era también muy ambiciosa y no se conformaba con los vestidos que de cuando en cuando el Sargento le regalaba. Ella le quería, sí pero el Coronel no estaba mal y aquel General...

Desde aquel fatídico amanecer, Juana María se hizo llamar Juana Gallo. Reunió a los campesinos, a los indios y a los pobres y formó su propia tropa, donde ella era la Generala.

La Adelita era la mujer más popular entre la tropa. Cantaba y reía sin vergüenza y, al bailar, los vuelos de su vestido de seda se levantaban, dejando ver unas piernas preciosas y algo más. Los hombres la miraban y el Sargento enloquecía. Adelita, por Dios te lo ruego, si me matan en batalla, júrame que me vas a llorar.

Juana Gallo mataba muchos federales y su tropa cada vez era más numerosa. "Órale mis muchachos, repártanse el botín, los que estén heridos los voy a curar y, las mujeres que enciendan el comal, que orita mismo iremos a cenar".

El Sargento estuvo varios días fuera del Cuartel cumpliendo una misión y cuando regresó, enloquecido quiso matar al Coronel, porque se enteró de que la Adelita había bailado toda la noche con él. Entonces el alboroto fue mayúsculo porque el Coronel le explicó que la Adelita había bailado con el Capitán, con el Teniente, con el General y con casi toda la tropa...

Cada vez que había una batalla, Juana Gallo buscaba al desgraciado infeliz cabrón que había matado a sus padres. La cara del asesino la llevaba grabada en la memoria y, montada en su caballo, galopaba entre los soldados, buscando, siempre buscando y matando, hasta que un día...

La Adelita era coqueta sí, pero no tenía dueño. Era valiente sí, pero también era romántica y ella solamente se entregaría en cuerpo y alma a aquel hombre que una tarde conoció y nunca más había vuelto a ver. Adelita esperaba encontrárselo de nuevo.

"¡A ése no le fusilen, déjenmelo a mí!". Y dice la gente que Juana Gallo cortó los testículos al asesino de sus padres y lo hizo con mucha maestría, utilizando además de sus conocimientos profesionales, el machete sucio con el que acababa de cortar varias cabezas en batalla.

Y la Adelita le encontró de nuevo, una tarde de paz, cuando se bañaba en el río. El hombre se quitó el sombrero, las cartucheras, el fusil, las pistolas, los cuchillos, las botas, la ropa, los calzones y se lanzó al río. Lo único que se llevó al agua fue su olor.

Y Juana Gallo le dejó vivo. Él se fue por el camino llorando de dolor, apenas podía andar. Los vendajes que tenía entre las piernas eran lo único que le cubría. Tenía frío, hambre, asco y, sobre tode dolor, mucho dolor.

Chapotearon en el río, se besaron y muchas cosas más. Sí, y la Adelita a los pocos meses se tuvo que casar con el Sargento, porque estaba embarazada del General.

El General era el hombre más valiente y atrevido, era sagaz y cauteloso. Era alto y atractivo. Era sin duda un caudillo. Y con las mujeres era galante y lisonjero y también era muy escurridizo. Tenía sentido del humor, inteligencia superior y, cuando combatía despedía un olor a macho irresistible para cualquier hembra.

Juana Gallo, la doctora, la Generala, era también una mujer misteriosa que nunca correspondió a los amores de los militares. Su vida íntima era muy privada y muy suya. Juana Gallo, una noche de combate, olió al General.

Dicen que cuando la guerra acabó, llegó la alegría al pueblo. "¡Ganamos los de la Revolución!", gritaba la gente. Bebían tequila por las calles y bailaban. Y poco a poco, al correr de los días, las cosas se fueron normalizando...
La Adelita tuvo un hijo del General.
Juana Gallo tuvo una hija del General.
Mi abuelo, el General, se llamaba Doroteo. Todos en el mundo le conocen como Pancho Villa."

(...) Fragmento de la novela Bigote Prieto. Editorial Nihil Obstat.
Barcelona, 2001.
Premio de Novela Odaluna, 1999.
Coro Perales

martes, septiembre 12, 2006

¡SILENCIO!


Lo recordé esta mañana en clase...
un cuento de

MAX AUB

Hablaba y hablaba...

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.


¿Qué puedo poner en la boca de los que no paran de hablar?

viernes, septiembre 01, 2006

GRAN PEQUEÑO CUENTO

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso


Exactamente siete palabras...

martes, abril 11, 2006

Tía buena

LA GÜERA
¡Adiós güerita!
Gritaban a mi tía los pelados. Ella movía las caderas para allá y para acá. Tenía grande el culo, (perdón, no es de buena educación decir culo en mi país) y lo sabía menear para gusto y regocijo de algunos hombres del pueblo donde ella moraba y había nacido y donde seguramente terminaría siendo vieja, y al final de su vida, allí los gusanos le devorarían hasta la sombra que un cura habría bendecido. Yo iba encantada con ella a por el pan o las tortillas y me aprendía todititos los gritos que soltaban las calenturientas gargantas masculinas.
¡Guapa!
Ceñido a su cuerpo, marcando curvas blandas que nunca conocieron gimnasios ni participaron en ejercicios aeróbicos que las endurecieran, un vestido floreado de brazos descubiertos, con escote en pico, permitía esconder un canal entre elevadas montañas que formaban un busto puntiagudo y acompasando a las caderas iban de oriente a occidente y de norte a sur. Como agitando bien el envase de la leche matinal. Mi tía, ajena a tanto escrutinio corporal sacudía su melena rubia, y mostraba al aire una blanca dentadura, ostentando entre sus labios una sonrisa maliciosa y una desfachatez atrevida que nadie le conocía en casa. Y, simulando no enterarse de las audaces palabras que le aventaban lujuriosos personajes, aumentaba el meneo rítmico de su cuerpo. Balanceando mi inocente mano que se asía a la suya con mis cinco deditos bien prensados, me hacía partícipe de tanto movimiento erótico que emanaba de su anatomía.
¡Mamacita!
Las piernas, como pilares audaces, ni largas, ni cortas, comenzaban incitantes en un triángulo que se le formaba en el bajo vientre, saliendo belicosas hasta el suelo, moviéndose, redondas, terminando en unos pequeños pies agitadores, de largos dedos acusantes que asomaban coronados y saludables entre los huaraches de piel de buey.
¿A dónde vas?, te acompaño.
Mi tía comulgaba a diario cubriendo su cabeza con un velo dorado de encajes con formas de flores transparentes. Una exquisitez de diseño monjil que purificaba sus facciones que, asomando discretas e inocentes aparecían impresionadas por el sagrado e inmenso recinto. Sólo delataba rebeldía en su figura la picaresca nariz que apuntaba al cielo, aun cuando había que inclinar la cabeza y agachar la mirada para descubrir manchas en el suelo, o sentir pena por Jesús crucificado.
A veces, hincada parecía una estatua.
De sus pequeñas orejas blancas colgaban aretes quintados, con piedras verdes, azules o rojas, según el color del vestido y el sentimiento de su alma. Le conocí unos pendientes negros que le endurecían el rostro y no le permitieron hablar en un invierno de luto paterno, y que le abrieron un torrente de agua salada a los ojos que ya mostraban ríos de venas contenidas. Oscura, con seriedad en su interior, la Güera también era elegante, fría, distante.
Y hermosa.
Su vientre era una protuberancia redonda y sensual partida en dos, justo donde el ombligo mostraba su hueco soplando las margaritas que decoraban el vestido. Cuando mi tía, riéndose con furia, descargaba su alegría en carcajadas, yo miraba el acompañamiento que su estómago tenía con la hilaridad y entonces yo reía y reía y no podía parar de reír. Y miraba su barriga gelatinosa y volvía a reír.
Era tan feliz...
Y era su espalda su fortaleza. Era allí donde sostenía el mundo que iba pisando. Si estaba recta, bien erecta y empinada, ya sabía yo que el paseo iba a ser grosero y brutal, que provocaría insultos galantes de rufianes vulgares de manos toscas, barbas descuidadas y suciedad en los dientes. De machos deliciosos que miraban lujuriantes los encantos que la atrevida de la Güera les paseaba. El culo balanceante, las montañas agitadas, el vientre gelatinoso, los dedos acusantes, la risa, la inocencia provocativa de la tía virgen, inmaculada.
Santa.
Yo de grande quería ser como mi tía... Por eso cuando tuve la edad en que me sentí mayor, me compré un vestido floreado sin mangas, me introduje en él y comprobando que me ceñía la cintura y realzaba los pechos, me lancé a la calle. Me balanceé. Moví toda mi anatomía, enseñé los dientes... y nada. Pero nada.
Respeto.
Ningún piropo. Ninguna estupidez. La rabia, primero; y la cordura, después, paralizaron mis meneos y las flores coloreadas de mi vestido que ondeantes y alegres se agitaban revolucionarias entre los musculosos campos verdes, cesaron su inocente baile.
Al regresar a casa, entre hipos de coraje, me cambié de ropa y me olvidé de querer ser como la Güera.
Coro

lunes, abril 10, 2006

De Meteorología

Mis amigas y algunas coincidencias

Invaden mi casa la señora Fantasiosa, doña Guasa y la señorita Histeria. Qué coincidencia, vienen siempre juntas... Nadie las invita, aparecen de repente, y con descaro se meten en todo. A ratos desvergonzadas y traviesas, parlotean alto y pasan de la risa al llanto con facilidad. Me sorprenden, y alegran a la vez. Al principio sólo miro cómo Fantasiosa juega con Histeria y ambas se desbordan con la Guasa.
Luego río con ellas, salgo de mi mutismo, disfruto. Me llevan de viaje, me orillan a burlarme de la vida, del amor.
De los placeres.

Fantasiosa me dice que andar por el mundo es volar sin rumbo... Histeria me avienta y vuelo alto y rápido y lejos. Con inocencia.
Sin mesura.
Incondicionales, me quieren y por eso me gustan y las tolero... aunque me controlen y zangoloteen entera. Me satisface el fulgor perverso de esos ojos misteriosos y conocidos que se pintan en mi espejo con chispazos de encanto.
Polimorfo.

Conocen mis secretos y los cantan cual sirenas seductoras... Tiempo después, están invadidos hasta los rincones y escondites. No sé dónde guarecerme. Han crecido, se han vuelto enormes. Las miro gigantes, alimentándose de mi comida, vacían mi despensa. Perfuman, cantan, lloran. Desordenadas y anarquistas.
Me roban el sueño.
Una semana de tolerar las imprudentes visitas es suficiente. ¿Qué las trae? ¿de dónde han venido? ¿por qué aparecen? Tal vez la Luna, quizás las Mareas, las Estaciones... o es probable que todos los fenómenos juntos...
Me atormentan.

Pero una vez gigantes, y adueñadas de mis pertenencias, comienzan a perder la risa. Una mueca dibuja sus rostros y un vacío siniestro se extiende en el aire.
Temerosas y decadentes, las observo: van perdiendo estatura y se encogen. Van quedando más espacios silenciosos donde hubo estridencia.
Recobro sitios.

Y ellas, sin saber cómo actuar, atisban por los visillos. Mudas, miran por el sendero de casa acercarse a Soledad, a Santa Pena y a tía Tristeza. Observan con espanto sus pasos enlutados y cómo van creciendo sus sombras...
Descubro en mí pensamientos de alivio al ver cómo se esfuman.
«Adiós», les digo.

Y juro, ante la mirada ya sin fulgor que me devuelve la luna, estar preparada para recibirlas la próxima vez: sacar provecho de Fantasiosa, perfumarme un poco de Histeria y disfrutar jugando a ratos con la Guasa. Sé que volverán...
Hemos crecido juntas.

Las sombrías y enlutadas, como si alguien les avisara, llegan dispuestas a ordenar. Y, aunque tampoco fueron invitadas, también se acomodan alegando que vienen a reparar los desastres encontrados.
Reflexionan y hablan en el sofá, en la mesa, en la cocina, en el baño, en mi habitación... El reflejo en el cristal me devuelve miradas profundas y opacas mientras ellas discuten.
Me involucran.

Soledad con su llanto siente Pena y Culpa el caos de casa a la frivolidad pasada. Me preguntan, me cuestionan. «Yo qué sé», contesto. Las escucho y observo...
Cuánto análisis.
Después, también vacían mi nevera, igualmente se alimentan de mis provisiones hasta agotarlas. Dejan los platos sin lavar, las camas sin hacer, los papeles en desorden y crecen hasta casi dejarme sin espacio para respirar. Allí, perezosas y sin parar de argumentar. Gigantes. Agobiantes...
Me agotan.

Qué bien que duran poco tiempo. Suerte que también asoman la nariz a las ventanas. Y se esfuman al ver acercarse a esas otras amigas. «Las que conviene tener cerca más a menudo», diría mi madre. Esas visitas que ya deseas y que con gusto convidarías: Mis queridas Cordura, Paz y Serenidad.
«¡Uf!, qué alivio», pienso.
Ojalá no me abandonaran nunca. Que no me dejaran. «Qué bien que han llegado. Bienvenidas», les digo, y abro anchas las puertas de mi casa.
Consumen víveres pero también surten la nevera, limpian, hacen las camas, lavan ropa, hablan, ríen, callan, entran, salen. Son correctas. Son perfectas. Son orgullosas y humildes.
Son encantadoramente odiosas.

Al cabo del tiempo también las quiero echar. Me sofoca tanto orden, me desesperan con tanta mesura, y mi anhelo más profundo es salir de la corrección y la sobriedad. Y apenas me entero cuando ya se han ido.
Sin mirar por los visillos.
Son tan ecuánimes que ni crecen. Tan discretas que sólo susurran monosílabos. No molestan y en su presencia es cuando mejor duermo. No opinan...
Si no es necesario.

Y, de pronto, descubro en mis aposentos a la vecina Aburrida. Esa que se cuela en cualquier descuido al abrir la puerta. Viene con la Rutina y la Costumbre. No hay manera de evadirlas, se sitúan y disponen de mi morada... unos días. Consumen poco, casi no beben, pero están allí, invadiendo mi espacio.
Me habitúo.
Estorban sí, pero... hacen compañía, de alguna manera. Miran todo, huelen las cosas, otras veces no ven nada. No ríen, casi no hablan, no cantan, no lloran, no sienten, ni discuten, no leen, sólo miran la tele aunque esté apagada. Con ellas todo es igual: gris, monótono, poco agradable. Apáticas. Sin incentivos.
Sin más...

Mientras tanto se desatan las fuerzas ocultas, allá en el Cielo infinito cargado de nubes. La Luna vuelve a llenarse. En el Mar las mareas suben y bajan, llevan y traen.
Y la Tierra girando sin parar.
Provocando Estaciones, despertando los sentidos... y atraídas por la gravedad que ejercen estas fuerzas supremas, escucho muy de cerca... de nuevo en mi sofá los cantos de sirenas...
Lo inevitable:
«Ya las extrañaba», les digo.

Coro