domingo, noviembre 26, 2006

Respira hondo


Tradiciones y costumbres

¿A qué huele?

Lo más primitivo que tenemos los seres humanos es el sentido del olfato. Antes de ver, antes de hablar, antes de saber: olemos. Identificamos a nuestra madre por su esencia.

Es muy animal nuestro sentido del olfato y es un elemento básico en la elección sexual. Los brujos de la antigüedad lo sabían y lo aprovechaban en sus remedios amorosos.
Cuentan que en una región de España, si querías seducir a alguien, le tenías que dar, hecho polvo y mezclado con licor, un trocito de pan que habías llevado cuarenta días en el sobaco. (¡Agh!)

Todavía, ciertas madres (conocí una) dan a la recién casada un collar de cuentas de ámbar que al calor de la cama despide una emanación penetrante que enciende las llamas de pasión del varón (no le pregunté a la hija si lo usó...)
Pero esto los hombres bereberes lo saben. Ellos regalan a sus mujeres el día de la boda un collar de ámbar que posteriormente usarán en ocasiones especiales.

En algunas casas aún se tiene por costumbre que las primeras chambritas que le ponen a un recién nacido sean prendas usadas por algún miembro de la familia (hermano mayor, primo o inclusive de los propios padres) a fin de comunicar al nuevo bebé el olor del clan.

¡Ahaaa mmmm!, esa loción que usaba nuestro primer amor... cuando la fragancia llega de nuevo a nosotros, nos transporta, viajamos en el tiempo, recordamos con extrema nitidez momentos, instantes vividos. Y ya llovió, sin embargo...

En algunos aeropuertos que frecuenté los últimos años, nomás aterrizar el avión percibía mi nariz: en Guadalajara, que huele a tierra mojada; DF a tortilla y maíz; Madrid a ajo y chorizo; Barcelona, aceite de oliva; Roma, pizza y espagueti; Valencia, paella; USA, a McDonals y queso amarillo (por no decir pies); París, perfumes; Cancún a bronceador...

Me encanta: el olor de los pueblos cuando despiden humo las chimeneas de las casas.
Un aroma que no voy a percibir más: el de casa de mi abuela. Se murió y vendieron la propiedad.

Cito a mi amigo Horacio Ladrón de Guevara: "El olor más excitante es el del cuerpo humano, el sobaco que huela a sobaco, los pies a pies y el sexo a sexo y todo con su sudor".

Bueno y si de comida se trata: el exquisito olor del mole de olla, el de una carne asada, de unos camarones al mojo de ajo, de un pescado a la veracruzana... o de un humeante arroz.
Qué tal una tarde de invierno cuando regresas a casa y han hecho tortillas de harina y frijoles charros o chocolate espeso y buñuelos. Y los tamales...

O, ¿encuentras algo más agradable que oler el pan acabado de hornear cuando tienes hambre? ¿Y el aroma del café?

Me subyuga el olor de la guayaba y el perfume de los jazmines cuando florecen.
Y muchas veces me descubro gozando con el aroma de mi mano.

Y a ti, ¿qué fragancia te seduce?

jueves, noviembre 23, 2006

Hechizo


Los hechizos son creencias y costumbres que han perdurado a través de los siglos.

"A los que hagan imágenes u otros hechizos o den yerbas para el enamoramiento de hombres o de mujeres, se les castigará".
Libro de las Partidas de Alfonso X

"Para remediar amores o reconciliar voluntades, nada mejor que un trozo de soga de ahorcado y sangre de murciélago".
La Celestina

Una hoja de helecho cortada en la víspera de San Juan, se debe poner en el zapato del abandonado por su cónyuge y hará que el/la amad@ vuelva.
Además, la semilla de esta criptógama se empleó también para encontrar tesoros bajo tierra, tener suerte en amores y gozar del sexo durante horas sin cansancio.

El toloache, es una yerba empleada en México para el mal de amores. ¿La recomiendas?

Hay también perfumes, fragancias, que te hacen desear a una persona inexplicablemente. Esto mezclado con colores, escotes, sonrisas, miradas, posiciones... estratagemas para que tu conquista caiga rendida a ti.

¿Serías capaz de usar un hechizo para lograr que alguien te corresponda?

martes, noviembre 21, 2006

Cama


Ocurrencias y escritos sobre creencias populares

No se debe interrumpir a quien hace la cama, de lo contrario quien haya de dormir en ella pasará mala noche.
Tampoco se debe estornudar al tender una cama ya que podrías enfermar.
Ni intenten dejar la cama sin hacer; la forma del cuerpo o la huella impresa en el colchón acarrea mal de ojo si alguien la mira.
Jamás tres personas deben hacer una cama a la vez porque a uno de los tres le irá mal.
Y lo de mirar por debajo de la cama antes de dormir… por si acaso hay alguien o algo allí debajo, es de mala suerte, ¡no lo hagan!... aunque después ya acostado, te pases horas en la penumbra pensando que tal vez te vayan a jalar los pies cuando te levantes.
No se te ocurra dormir con tu mascota: te puede chupar el aliento mientras duermes.

¿Tienes alguna otra sugerencia?
A mí me encanta la cama... de entre los muebles es de mis favoritos.

lunes, noviembre 20, 2006

Mis abuelas


"Mi abuela paterna se llamaba Adela y era mejor conocida como La Adelita.
Mi abuela materna se llamaba Juana María y todos le decían Juana Gallo.

La Adela tenía un enamorado, era un Sargento de la Revolución que soñaba en casarse con ella y llevarla a bailar al Cuartel, donde cada sábado por la noche organizaban festejos.

Juana María tenía a sus padres, eran unos ricos hacendados que la querían mucho y le habían dado una educación que no iba de acuerdo con la época machista en que vivían. Juana María era doctora en Medicina.

Adela sorprendió al Coronel, cuando en una batalla despachó a quince federales, y salvó la vida del militar. El Coronel la respetaba pero también la enamoraba.

Una noche llegaron los federales a la hacienda y mataron a todos. Juana María se salvó porque esa noche, montada en su caballo, había ido a curar a un enfermo del pueblo vecino.

El Sargento, que idolatraba a la Adela, comenzó a tener celos y se oía por todas partes que le decía: Adelita, si te fueras con otro, te seguiría por tierra y por mar.

Quemaron la hacienda, robaron todas las cosas y Juana María pudo verles. Supo quién fue el desgraciado federal que mató a sus padres y, desde el gallinero donde se escondía, juró vengarse y llorando, abrazó a su caballo para que no relinchara y la fuera a delatar. Amanecía y cantó un gallo.

La Adelita, que además de ser valiente era bonita, era también muy ambiciosa y no se conformaba con los vestidos que de cuando en cuando el Sargento le regalaba. Ella le quería, sí pero el Coronel no estaba mal y aquel General...

Desde aquel fatídico amanecer, Juana María se hizo llamar Juana Gallo. Reunió a los campesinos, a los indios y a los pobres y formó su propia tropa, donde ella era la Generala.

La Adelita era la mujer más popular entre la tropa. Cantaba y reía sin vergüenza y, al bailar, los vuelos de su vestido de seda se levantaban, dejando ver unas piernas preciosas y algo más. Los hombres la miraban y el Sargento enloquecía. Adelita, por Dios te lo ruego, si me matan en batalla, júrame que me vas a llorar.

Juana Gallo mataba muchos federales y su tropa cada vez era más numerosa. "Órale mis muchachos, repártanse el botín, los que estén heridos los voy a curar y, las mujeres que enciendan el comal, que orita mismo iremos a cenar".

El Sargento estuvo varios días fuera del Cuartel cumpliendo una misión y cuando regresó, enloquecido quiso matar al Coronel, porque se enteró de que la Adelita había bailado toda la noche con él. Entonces el alboroto fue mayúsculo porque el Coronel le explicó que la Adelita había bailado con el Capitán, con el Teniente, con el General y con casi toda la tropa...

Cada vez que había una batalla, Juana Gallo buscaba al desgraciado infeliz cabrón que había matado a sus padres. La cara del asesino la llevaba grabada en la memoria y, montada en su caballo, galopaba entre los soldados, buscando, siempre buscando y matando, hasta que un día...

La Adelita era coqueta sí, pero no tenía dueño. Era valiente sí, pero también era romántica y ella solamente se entregaría en cuerpo y alma a aquel hombre que una tarde conoció y nunca más había vuelto a ver. Adelita esperaba encontrárselo de nuevo.

"¡A ése no le fusilen, déjenmelo a mí!". Y dice la gente que Juana Gallo cortó los testículos al asesino de sus padres y lo hizo con mucha maestría, utilizando además de sus conocimientos profesionales, el machete sucio con el que acababa de cortar varias cabezas en batalla.

Y la Adelita le encontró de nuevo, una tarde de paz, cuando se bañaba en el río. El hombre se quitó el sombrero, las cartucheras, el fusil, las pistolas, los cuchillos, las botas, la ropa, los calzones y se lanzó al río. Lo único que se llevó al agua fue su olor.

Y Juana Gallo le dejó vivo. Él se fue por el camino llorando de dolor, apenas podía andar. Los vendajes que tenía entre las piernas eran lo único que le cubría. Tenía frío, hambre, asco y, sobre tode dolor, mucho dolor.

Chapotearon en el río, se besaron y muchas cosas más. Sí, y la Adelita a los pocos meses se tuvo que casar con el Sargento, porque estaba embarazada del General.

El General era el hombre más valiente y atrevido, era sagaz y cauteloso. Era alto y atractivo. Era sin duda un caudillo. Y con las mujeres era galante y lisonjero y también era muy escurridizo. Tenía sentido del humor, inteligencia superior y, cuando combatía despedía un olor a macho irresistible para cualquier hembra.

Juana Gallo, la doctora, la Generala, era también una mujer misteriosa que nunca correspondió a los amores de los militares. Su vida íntima era muy privada y muy suya. Juana Gallo, una noche de combate, olió al General.

Dicen que cuando la guerra acabó, llegó la alegría al pueblo. "¡Ganamos los de la Revolución!", gritaba la gente. Bebían tequila por las calles y bailaban. Y poco a poco, al correr de los días, las cosas se fueron normalizando...
La Adelita tuvo un hijo del General.
Juana Gallo tuvo una hija del General.
Mi abuelo, el General, se llamaba Doroteo. Todos en el mundo le conocen como Pancho Villa."

(...) Fragmento de la novela Bigote Prieto. Editorial Nihil Obstat.
Barcelona, 2001.
Premio de Novela Odaluna, 1999.
Coro Perales

jueves, noviembre 09, 2006

Qué lata...


Las casitas de los gnomos
Condominios horizontales de duendes. Crecen juntos. O separados. Algunos tienen colores. Lunares, Manchas, Rayas. Otros, no. Es divertido ir a encontrarlos. En la montaña. En el bosque. Debajo de los pinos, de las hojas. Se pueden comprar en el mercado. O en el super. Hay los que te hacen alucinar. Y los venenosos. Se cocinan. Se comen. Son sabrosos.

También sirven para que los dibujes... para que tengas fantasías... para escribir un blog... para tomarles fotos... para que te hagan un test psicológico...

Es la temporada, pero como en el Caribe no se dan, ayer compré ¡una lata!...
Estoy pensando en cocinarlos con un poquito de aceite de oliva, ajo picadito, perejil y dejar que se doren al dente...

¿Quieres...?

martes, noviembre 07, 2006

Tum tam clanc clinc tum tam


Era un cucharón parecido a estos de la foto el que me sirvió para darle tundas a mis ollas...

¡Ay!, entre más fuerte era el golpe, sentía que mi reclamo iba más alto...

Caminaba por las calles de mi barrio pegando a la cacerola. Tum, tam, clanc, clinc, tum, tam... La gente desde los balcones me acompañaba.
Al llegar a la plaza me encontraba con orquestas de instrumentos: ollas, sartenes, paellas, cacerolas, bandejas... que eran tocados con tenedores, cuchillos, cucharas, cucharones.
Los medios presentes, informaban. Luces, entrevistas, bailes, reclamos... y a darle con ritmo: Tum, tam, clanc, clinc, tum, tam...

Mis pobres ollas acabaron deformadas por los golpetazos.
Sucedió allá, en ese otro sitio donde llueve y en otoño se caen las hojas.

domingo, noviembre 05, 2006

Lluvia





Detrás de los cristales llueve y llueve...
Joan Manuel Serrat



Cómo quisiera contar que recordé la lluvia vista a través de los cristales de otra casa y el frío de otro tiempo.
Mientras afuera llueve y llueve.
Y no para de llover.

jueves, noviembre 02, 2006

Orígenes


Remontándonos…
Descendemos del mono y ¿vamos hacia él?...


¡Descender de los monos! Mi querida, espero que no sea así; pero de serlo, esperemos que no se sepa.
La esposa del obispo de Worcester (siglo XIX)